By MamiMima | 20 febrero, 2020

EL ARTE Y LA PIEL

LA VENUS DEL ESPEJO 

Cada vez que voy a Londres me gusta pasarme por The National Gallery a ver uno de mis cuadros favoritos: La Venus del Espejo de Velázquez, una de las pocas obras de nuestro gran pintor sevillano que está fuera de España.

Desde siempre me ha impresionado la belleza que emana esta imponente pintura.

Es precisamente el pequeño Cupido alado, su hijo, el que desvela con su presencia la identidad de la diosa. Porque en sí, no encontramos en la escena ninguno de los atributos que tradicionalmente la identifican: las rosas, el mirto, la concha, la manzana, la paloma o el delfín.

Velázquez la pinta dando la espalda al público, ocultando su pecho, su zona genital, incluso sus manos y hasta casi sus pies. Son su cadera y sus nalgas el centro del cuadro, las que cargan de sensualidad la escena.

La blancura de su piel se dibuja en el tejido oscuro de la sábana, la cual sigue las líneas de su cuerpo y se refleja en su piel con suaves tonos grisáceos. El rojo de la cortina da calidez al entorno, además de simbolizar la excitación y la pasión amorosa.

Asistimos a un instante de intimidad en la alcoba de la diosa-mujer cuyo rostro aparece difuminado y oscurecido por las sombras. En él lo más relevante parece ser la mancha sonrosada de su mejilla que a su vez se marca en el perfil de la figura. Las mejillas sonrosadas son síntoma de salud. También están relacionadas con la excitación sexual.

¿Cuándo se produce ese momento de auto-contemplación? ¿Está esperando la diosa a algunos de sus amantes? ¿O quizá acaba de despedirlo? ¿O simplemente se limita a dejarnos ser voyeurs de su belleza con despreocupada indiferencia? Velázquez es un experto en integrar al espectador en sus obras y crear un efecto de interacción con las mismas. Nosotros expiamos su belleza desnuda y ella nos deja mirar mientras nos observa a través del espejo. Un hermoso juego de complicidades.

Mucho se ha escrito sobre esta obra. Que las manos atadas de Cupido con el lazo simbolizan la sumisión del amor a la belleza. O que representa la vanidad, la belleza que se complace y extasía en ella misma. La gracia de una obra de arte es que tiene muchas lecturas, tanta como observadores de la misma. A cada uno de nosotros puede inspirarnos cosas diferentes en momentos diferentes.

A mí me gusta interpretarla como el triunfo de la belleza del cuerpo de la mujer real y de la atractiva suavidad de su piel. En definitiva, un homenaje atemporal de Velázquez a la diosa que cada mujer llevamos dentro y con la que nos podemos identificar gracias a su rostro desdibujado. Todo un acierto.

Precisamente por la hermosura que desprende, fue acuchillada en 1914 por la sufragista Mary Richardson para llamar la atención sobre el encarcelamiento de su líder Emily Pankhurst. Afortunadamente, fue restaurada con gran maestría y hoy podemos seguir disfrutando de su refinado encanto.

La última vez que me pasé por The National Gallery, La Venus del Espejo estaba fuera de Inglaterra en una exposición itinerante. Me faltó algo en esa visita. Id a verla si vais a Londres, vale la pena; por suerte, no suele salir mucho de viaje.