By MamiMima | 5 mayo, 2020

EL ARTE Y LA PIEL

MUJER PLANCHANDO DE PICASSO

Debía de tener unos diez años la primera vez que vi este cuadro de Picasso. Tal fue el impacto que me causó que, en aquel mismo instante, decidí que planchar no era para mí.

Todo en el obra rezuma esfuerzo, pesadez, cansancio, aburrimiento, frustración. Entre los azules grisáceos del cuadro, solo el cabello y la piel de la mujer tienen una ligera nota enmascarada de color. Es una piel seca, abandonada más que maltratada. De color cetrino, enfermizo, ennegrecido en su cuello hasta hacerlo casi desaparecer. Es la piel de quien no tiene la posibilidad de cuidarse.

Su cabeza caída por debajo del hombro resalta toda la fuerza que necesita apoyar en sus manos. Una fuerza que parece no tener. Como si estuviera desplomándose y solo se sostuviera por la presión de sus brazos contra la plancha.

Si nos fijamos en su cara, resalta el ojo oscuro, tan oscuro que recuerda una cuenca vacía, cadavérica. Un ojo que tal vez mira pero no ve. En esa negrura podemos leer un mensaje de desesperanza: no tiene ilusiones ni sueños.

En el cuerpo de la mujer, acentuado por su delgadez y su angulosa figura, hay un esqueleto escondido que pugna por salir y que percibimos aún sin querer.

Es una mujer joven y vieja a la vez.

Una mujer anónima. La vemos y vemos en ella la vida de tantas mujeres en la soledad de sus casas, dedicadas a la ingrata tarea de mantener el orden y la limpieza sin ganas, sin alegría, por pura obligación.

La protagonista de Mujer planchando tiene su vida prisionera en un mundo gris, en el que no hay lugar para la belleza, ni para el relax, ni el bienestar. No puede avanzar porque está atrapada en su entorno empobrecido. Ni tan siquiera se aprecia con claridad lo que está planchando. Porque no importa. Solo su desánimo, su agotamiento físico y vital cuenta.

Picasso pintó esta obra en 1904, en su época azul. Pero su mensaje es atemporal, nos pone delante todos estos trabajos invisibles que millones de mujeres llevan a cabo cada día. Trabajos impagados, no reconocidos, no valorados. En el mito de Sísifo, los dioses lo condenan a subir sin fin una roca hasta la cima de una montaña que cae por su propio peso en cuanto llega arriba. Como esos circuitos interminablemente repetitivos del hogar: cocinar, limpiar, lavar, planchar y vuelta a empezar.

A pesar de la tristeza que emana, esta obra me sigue fascinando. Llega hondo. Te incomoda. Te molesta en las entrañas. Su fatiga eterna duele. En los tiempos en los que nos sentimos obligados a vender nuestra felicidad diaria en las redes, la figura de Mujer planchando nos invita a reflexionar sobre las vidas que no mostramos, las que no se ven o no queremos ver. La parte dura y prosaica de la vida real. Mucho más real que la de las fotos de Facebook o en Instagram.

 

Concha Gaudó

Co-Founder AKORI COSMETICS